Capítulo 50. Toxina botulínica
SINOPSIS
Sección titulada «SINOPSIS»La toxina botulínica es la neurotoxina más potente conocida y, paradójicamente, uno de los agentes terapéuticos más versátiles de la oftalmología moderna. Producida por Clostridium botulinum, actúa mediante la escisión selectiva de las proteínas del complejo SNARE, bloqueando la liberación presináptica de acetilcolina en la unión neuromuscular y produciendo una parálisis flácida reversible y dosis-dependiente. Desde que Alan B. Scott demostrara en la década de 1970 su utilidad en el estrabismo, sus indicaciones se han expandido al blefarospasmo esencial, el espasmo hemifacial, diversas distonías faciales, la retracción palpebral, el entropión espástico y la obtención de una ptosis protectora frente a la queratopatía por exposición, además de un amplio abanico de aplicaciones estéticas periorbitarias. Este capítulo revisa los serotipos, el mecanismo molecular, la no intercambiabilidad de las unidades entre preparados comerciales, las indicaciones funcionales y estéticas de interés oftalmológico, y el perfil de seguridad, con especial atención a la inmunogenicidad, los anticuerpos neutralizantes y la resistencia secundaria.
OBJETIVOS DE APRENDIZAJE
Sección titulada «OBJETIVOS DE APRENDIZAJE»Al finalizar el estudio de este capítulo, el lector deberá ser capaz de:
- Describir los serotipos de toxina botulínica y el mecanismo de acción molecular basado en la escisión de las proteínas SNARE.
- Explicar por qué las unidades biológicas no son intercambiables entre los distintos preparados comerciales y las implicaciones clínicas de este hecho.
- Enumerar las indicaciones funcionales oftalmológicas y su nivel de evidencia, distinguiendo el blefarospasmo, el espasmo hemifacial y el estrabismo.
- Reconocer las aplicaciones estéticas periorbitarias y sus consideraciones anatómicas y complicaciones.
- Identificar los efectos adversos, los factores de riesgo de inmunogenicidad y las estrategias de manejo de la resistencia secundaria.
INTRODUCCIÓN
Sección titulada «INTRODUCCIÓN»La toxina botulínica constituye un ejemplo notable de reconversión terapéutica de una sustancia biológica altamente tóxica. Fue el oftalmólogo Alan B. Scott quien, tras los trabajos experimentales de Daniel Drachman, trasladó la neurotoxina al ámbito clínico inyectándola en los músculos extraoculares como alternativa no quirúrgica al tratamiento del estrabismo, sentando las bases de todo su desarrollo posterior.[1] Desde aquella aplicación pionera, la toxina botulínica de tipo A ha pasado a ser una herramienta terapéutica de primer orden en neurología, oftalmología, rehabilitación y medicina estética, con un perfil de eficacia y seguridad avalado por décadas de uso clínico.[2]
El interés de la toxina botulínica para el oftalmólogo es doble. Por un lado, numerosas afecciones del segmento anterior y de los anexos oculares —blefarospasmo, espasmo hemifacial, entropión espástico, retracción palpebral, queratopatía por exposición— se benefician de la quimiodenervación selectiva. Por otro, la anatomía periorbitaria es el escenario de la mayor parte de las aplicaciones estéticas de la toxina, cuyas complicaciones (ptosis, diplopía, lagoftalmos) son competencia directa del especialista. Un conocimiento riguroso de la farmacología, de las diferencias entre preparados y del manejo de las complicaciones resulta, por tanto, indispensable. El presente capítulo aborda estos aspectos de forma sistemática, remitiendo al capítulo 53 para el tratamiento de la migraña y del dolor, que exceden el ámbito periocular.
DESARROLLO
Sección titulada «DESARROLLO»50.1 Serotipos, mecanismo de acción y unidades
Sección titulada «50.1 Serotipos, mecanismo de acción y unidades»Clostridium botulinum produce siete serotipos antigénicamente distintos de neurotoxina, designados de la A a la G, a los que se han añadido variantes descritas más recientemente. Todos comparten una estructura y un mecanismo de acción esencialmente comunes, pero difieren en su diana molecular intracelular, en su potencia y en su duración de efecto. De ellos, solo dos serotipos disponen de aplicación clínica autorizada: el tipo A, con diferencia el más empleado, y el tipo B, reservado en la práctica a situaciones seleccionadas.[3]
La molécula se sintetiza como una cadena polipeptídica única de aproximadamente 150 kDa que, tras una escisión proteolítica, adopta la configuración activa de dos cadenas unidas por un puente disulfuro: una cadena pesada de unos 100 kDa, responsable de la unión al terminal nervioso colinérgico y de la internalización de la molécula, y una cadena ligera de unos 50 kDa, que constituye una metaloproteasa dependiente de zinc. El proceso de intoxicación de la terminal nerviosa comprende varias etapas secuenciales: unión de la cadena pesada a receptores de gangliósido y a proteínas de la membrana presináptica, endocitosis de la toxina, translocación de la cadena ligera al citosol y, finalmente, escisión enzimática de las proteínas del complejo SNARE.[3]
El complejo SNARE es el aparato molecular que media la fusión de las vesículas sinápticas con la membrana presináptica y, por tanto, la exocitosis de acetilcolina. La cadena ligera de cada serotipo hidroliza un componente específico de este complejo: la toxina de tipo A —y también la de tipo E— escinde la proteína asociada al sinaptosoma de 25 kDa (SNAP-25), mientras que la de tipo B —al igual que las de tipo D, F y G— fragmenta la proteína vesicular VAMP, también denominada sinaptobrevina.[3] La consecuencia funcional es idéntica en ambos casos: la vesícula queda incapacitada para fusionarse con la membrana, la acetilcolina no se libera en la hendidura sináptica y la fibra muscular no recibe el estímulo de contracción. El resultado es una parálisis flácida localizada, dosis-dependiente y, sobre todo, reversible.
La reversibilidad es una propiedad clínica fundamental. El bloqueo neuromuscular no destruye la terminal nerviosa; la recuperación se produce a lo largo de semanas mediante la formación de brotes axonales colaterales que restablecen provisionalmente la transmisión y, posteriormente, mediante la recuperación de la terminal original y la degradación de los fragmentos de SNAP-25. En la práctica clínica esto se traduce en una duración de efecto de aproximadamente tres a cuatro meses para la mayoría de las indicaciones, lo que obliga a reinyecciones periódicas.[2]
Un aspecto de enorme trascendencia práctica es la no intercambiabilidad de las unidades entre los distintos preparados comerciales. La unidad de toxina botulínica se define biológicamente a partir de la dosis letal media en el ratón (unidad ratón), pero cada fabricante emplea su propio ensayo de potencia, su propia cepa productora y su propio método de purificación y formulación, de modo que las unidades de una marca no equivalen a las de otra.[4] Los preparados de tipo A de uso más extendido son la onabotulinumtoxinA (Botox), la abobotulinumtoxinA (Dysport) y la incobotulinumtoxinA (Xeomin); el único preparado de tipo B disponible es la rimabotulinumtoxinB (Myobloc/Neurobloc). La onabotulinumtoxinA y la abobotulinumtoxinA se presentan como complejo nativo de alto peso molecular, en el que la neurotoxina de 150 kDa se asocia a proteínas accesorias no tóxicas (hemaglutininas y proteínas complejantes); la incobotulinumtoxinA, en cambio, contiene exclusivamente la neurotoxina de 150 kDa purificada, libre de proteínas complejantes.[5] La rimabotulinumtoxinB se comercializa en solución líquida a pH ácido, lista para su uso.
La relación de conversión de dosis entre preparados no es constante ni lineal. Para la onabotulinumtoxinA y la abobotulinumtoxinA suele aceptarse una razón comprendida entre 1:2,5 y 1:3, aunque las cifras empleadas en la práctica presentan una notable variabilidad; la relación entre onabotulinumtoxinA e incobotulinumtoxinA es próxima a 1:1.[4] En cualquier caso, ningún factor de conversión debe aplicarse de forma mecánica, pues las diferencias de difusión, potencia específica y perfil de efecto invalidan cualquier equivalencia universal. La reconstitución del liofilizado con suero salino fisiológico y la elección del volumen de dilución condicionan la difusión de la toxina hacia los tejidos vecinos: mayores volúmenes favorecen la difusión y el riesgo de afectación de músculos no diana, un factor determinante en la aparición de ptosis y diplopía yatrógenas. La ausencia de proteínas complejantes en algunos preparados se ha relacionado, además, con un menor potencial inmunógeno, cuestión de relevancia en los tratamientos prolongados.[6]
50.2 Indicaciones funcionales: blefarospasmo, espasmo hemifacial, estrabismo
Sección titulada «50.2 Indicaciones funcionales: blefarospasmo, espasmo hemifacial, estrabismo»El blefarospasmo esencial benigno es una distonía focal caracterizada por contracciones involuntarias, bilaterales y espasmódicas del músculo orbicular de los párpados, que provocan cierre palpebral repetido y, en casos graves, ceguera funcional. La toxina botulínica de tipo A constituye el tratamiento de elección de esta entidad.[7] Se inyecta en múltiples puntos de la porción pretarsal y preseptal del orbicular de ambos ojos, con dosis reducidas por punto, evitando la región central del párpado superior para no afectar al elevador. Una revisión sistemática Cochrane confirma que la toxina produce una mejoría moderada a intensa de la discapacidad y de los movimientos involuntarios asociados al blefarospasmo, a costa de un incremento del riesgo de ptosis palpebral y de molestias visuales transitorias.[7] El efecto suele instaurarse en pocos días, alcanza su máximo hacia la una o dos semanas y persiste durante tres a cuatro meses, lo que exige un tratamiento de mantenimiento indefinido.
El espasmo hemifacial se distingue del blefarospasmo por su carácter unilateral y por afectar a toda la musculatura inervada por el nervio facial, no solo al orbicular; su causa habitual es la compresión vascular del tronco del nervio facial en su emergencia del tronco encefálico. La toxina botulínica de tipo A es la pauta farmacológica de elección y proporciona tasas de respuesta muy elevadas, con un perfil de seguridad favorable y efectos adversos generalmente leves y transitorios. No obstante, la revisión sistemática Cochrane sobre esta indicación no halló ensayos aleatorizados controlados con placebo que cumplieran sus criterios de inclusión, de modo que la sólida recomendación de uso descansa en la amplia experiencia clínica acumulada más que en evidencia de máxima calidad metodológica.[8] La técnica de inyección es análoga a la del blefarospasmo, ampliándose a los músculos de la mitad inferior de la cara según la distribución del espasmo. Otras distonías faciales y craneales, como el síndrome de Meige, se tratan con principios similares.
El estrabismo fue la indicación oftalmológica original de la toxina.[1] La inyección se practica en el vientre de un músculo extraocular —habitualmente bajo control electromiográfico—, donde induce una parálisis temporal que reequilibra el tono muscular y permite el reajuste de la alineación ocular; el efecto sobre el ángulo de desviación tiende a mantenerse una vez recuperada la función muscular. Sus indicaciones más consolidadas son el estrabismo de ángulo pequeño, la parálisis aguda del sexto par craneal (donde la inyección del recto medial antagonista previene su contractura mientras se aguarda la recuperación), determinados estrabismos posquirúrgicos y el papel coadyuvante en la cirugía de grandes ángulos. La revisión sistemática Cochrane más reciente señala que la certeza de la evidencia es baja y que la cirugía podría ser más eficaz que la toxina para corregir la desviación, con ptosis y desviaciones verticales transitorias como efectos adversos más frecuentes.[9] Por su parte, la evaluación tecnológica de la Academia Americana de Oftalmología concluye que la inyección de toxina en los músculos extraoculares logra tasas elevadas de alineación motora, comparables a las de la cirugía en el estrabismo horizontal no paralítico y no restrictivo, lo que la posiciona como una alternativa razonable en pacientes seleccionados.[10]
Más allá de estas tres indicaciones capitales, la toxina resulta útil en el entropión espástico del párpado inferior, mediante inyección del orbicular pretarsal, y en la retracción palpebral de origen tiroideo o miógeno, mediante quimiodenervación del músculo de Müller y del elevador. Una aplicación de gran valor en patología corneal es la ptosis protectora inducida: la inyección de toxina en el músculo elevador del párpado superior provoca una ptosis flácida temporal que protege la superficie ocular en la queratopatía neurotrófica, las úlceras corneales indolentes, los defectos epiteliales persistentes y el lagoftalmos por parálisis facial, constituyendo una alternativa reversible a la tarsorrafia quirúrgica.[11] En esta técnica es frecuente una hipofunción transitoria del recto superior por difusión de la toxina, que se resuelve sin secuelas. Finalmente, la inyección de la glándula lagrimal permite reducir la hipersecreción refleja y el lagrimeo en casos rebeldes.
50.3 Indicaciones estéticas periorbitarias
Sección titulada «50.3 Indicaciones estéticas periorbitarias»La región periorbitaria concentra la mayor parte de las aplicaciones estéticas de la toxina botulínica, cuyo fundamento es la relajación selectiva de los músculos de la mímica responsables de las arrugas dinámicas. Las tres localizaciones clásicas son las líneas glabelares, producidas por la contracción de los músculos corrugadores y del prócer; las arrugas periorbitarias laterales o «patas de gallo», dependientes de la porción lateral del músculo orbicular; y las líneas horizontales de la frente, generadas por el músculo frontal, único elevador de la ceja. La eficacia y la seguridad de la onabotulinumtoxinA en el tratamiento de las patas de gallo, de forma aislada o combinada con las líneas glabelares, han sido demostradas en ensayos clínicos aleatorizados y controlados con placebo de fase III, con mejorías significativas mantenidas durante varios meses.[12]
El éxito y la seguridad de estos procedimientos dependen de un conocimiento anatómico preciso. La inyección del frontal debe respetar una distancia prudente por encima del reborde orbitario para no relajar en exceso el único elevador de la ceja, lo que ocasionaría una ptosis de la ceja o un aspecto de «cejas caídas». En la glabela, la difusión de la toxina a través del tabique orbitario hacia el músculo elevador del párpado superior puede provocar una ptosis palpebral, la complicación estética más temida en esta zona. En las patas de gallo, una inyección demasiado baja o profunda en el reborde orbitario lateral puede alcanzar el recto lateral o el oblicuo inferior y desencadenar diplopía por difusión. Otras complicaciones incluyen la asimetría, el lagoftalmos, la sequedad ocular por afectación de la porción pretarsal del orbicular y la equimosis en el punto de inyección. La prevención se basa en el uso de volúmenes de dilución reducidos, dosis ajustadas y una técnica de inyección superficial y correctamente localizada.
50.4 Efectos adversos, anticuerpos neutralizantes y resistencia
Sección titulada «50.4 Efectos adversos, anticuerpos neutralizantes y resistencia»Los efectos adversos de la toxina botulínica son, en su inmensa mayoría, locales, transitorios y consecuencia de la difusión de la toxina a músculos vecinos no diana. En el ámbito periorbitario destacan la ptosis palpebral, la ptosis de la ceja, la diplopía, el lagoftalmos con la consiguiente queratopatía por exposición, la sequedad ocular, la asimetría facial y la equimosis. Estos efectos revierten espontáneamente al recuperarse la función neuromuscular. Los efectos adversos sistémicos son excepcionales a las dosis empleadas en oftalmología y estética, pero deben tenerse presentes en tratamientos de dosis elevadas. La toxina está contraindicada en presencia de enfermedades de la unión neuromuscular —miastenia gravis, síndrome de Eaton-Lambert y esclerosis lateral amiotrófica—, en las que el bloqueo puede desencadenar debilidad generalizada; asimismo, los antibióticos aminoglucósidos y otros fármacos que interfieren en la transmisión neuromuscular pueden potenciar su efecto.[2]
Un fenómeno distinto y de gran relevancia clínica es la pérdida de eficacia por causa inmunológica. La toxina botulínica es una proteína extraña capaz de inducir la formación de anticuerpos neutralizantes dirigidos contra la molécula de neurotoxina, que bloquean su actividad y ocasionan un fallo secundario del tratamiento (resistencia secundaria): el paciente, inicialmente respondedor, deja de obtener beneficio pese a la reinyección. Un metaanálisis que agrupó numerosos estudios en distintas indicaciones estimó la incidencia global de anticuerpos neutralizantes en torno al 1,8 %, con variaciones según la indicación, la dosis y la duración del tratamiento.[13] Los principales factores de riesgo de inmunogenicidad son las dosis elevadas, las reinyecciones frecuentes y los intervalos cortos entre sesiones (las llamadas dosis «de refuerzo»), así como la carga proteica total administrada. Las proteínas complejantes presentes en algunos preparados pueden actuar como adyuvantes inmunológicos y contribuir a la respuesta antigénica.[5]
La resistencia clínica puede aparecer incluso con las dosis bajas propias de la medicina estética y no es exclusiva de un único preparado.[14] Su manejo contempla varias estrategias: espaciar las sesiones y respetar la dosis mínima eficaz; suspender el tratamiento a la espera de la desaparición espontánea de los anticuerpos; recurrir a un preparado de menor carga antigénica, como la incobotulinumtoxinA libre de proteínas complejantes, cuya menor inmunogenicidad se ha atribuido precisamente a la ausencia de dichas proteínas;[5] o cambiar a un serotipo antigénicamente distinto. En este último caso, la rimabotulinumtoxinB constituye una alternativa útil en pacientes que se han vuelto irrespondedores a la toxina de tipo A por anticuerpos neutralizantes, ya que su eficacia no se ve afectada por la resistencia a la toxina de tipo A, si bien su duración de efecto tiende a ser más corta y la inyección más dolorosa.[15]
APLICACIÓN CLÍNICA
Sección titulada «APLICACIÓN CLÍNICA»En la práctica oftalmológica, la selección del preparado, de la dosis y de la técnica debe individualizarse. Ante un paciente con blefarospasmo esencial, la toxina de tipo A en inyecciones perioculares múltiples es la primera opción terapéutica, con revisión cada tres o cuatro meses y ajuste de dosis según la respuesta y la aparición de ptosis.[7] En el espasmo hemifacial, el patrón de inyección se adapta a la distribución de la contractura, extendiéndose a la musculatura facial inferior.[8] En el estrabismo, la toxina resulta especialmente valiosa en la parálisis aguda del sexto par y en los ángulos pequeños, así como coadyuvante en la cirugía.[9-10]
El clínico debe informar sistemáticamente al paciente de que las unidades no son equivalentes entre marcas y de que un cambio de preparado exige reajustar la dosis, nunca aplicarla sin conversión.[4] En pacientes que refieren pérdida progresiva de eficacia, es preciso distinguir la verdadera resistencia inmunológica —que justifica el cambio a incobotulinumtoxinA o a toxina de tipo B— de causas técnicas como la infradosificación, los intervalos excesivos o una técnica de inyección incorrecta.[13-14] La documentación cuidadosa de dosis, marca, puntos de inyección y respuesta en cada sesión es indispensable para un seguimiento a largo plazo. En las aplicaciones sobre la superficie ocular, la ptosis protectora inducida ofrece una alternativa reversible a la tarsorrafia que preserva la posibilidad de exploración del segmento anterior.[11]
CONTROVERSIAS Y PERSPECTIVAS
Sección titulada «CONTROVERSIAS Y PERSPECTIVAS»Varias líneas de desarrollo perfilan el futuro de la toxina botulínica. La más avanzada es la daxibotulinumtoxinA, una formulación de tipo A estabilizada con un péptido excipiente que, en los ensayos de fase III SAKURA sobre líneas glabelares, ha demostrado una duración de efecto prolongada, del orden de veinticuatro semanas, muy superior a las habituales doce a dieciséis semanas de los preparados clásicos.[16] Una mayor duración reduciría el número de sesiones anuales y, potencialmente, el riesgo acumulado de inmunización, aunque este último aspecto requiere confirmación. Otros preparados de tipo A, como la letibotulinumtoxinA y la prabotulinumtoxinA, amplían progresivamente la oferta terapéutica.
Persisten controversias relevantes. La ausencia de un factor de conversión universal entre marcas sigue generando errores de dosificación y dificulta la comparación de estudios; la definición de equivalencias de dosis fiables continúa siendo objeto de debate.[4] La verdadera magnitud clínica de la inmunogenicidad, y hasta qué punto los preparados de menor carga antigénica reducen de forma significativa la incidencia de resistencia secundaria, son cuestiones aún no resueltas de manera definitiva.[5,13] Por último, el papel de la toxina botulínica en el tratamiento del dolor y de la migraña, así como en trastornos de la superficie ocular, constituye un campo en expansión que se aborda en el capítulo 53.
PUNTOS CLAVE
Sección titulada «PUNTOS CLAVE»- La toxina botulínica bloquea la liberación de acetilcolina mediante la escisión de proteínas SNARE: SNAP-25 para el serotipo A y VAMP/sinaptobrevina para el B, produciendo una parálisis flácida reversible de tres a cuatro meses.
- La cadena pesada media la unión y la internalización; la cadena ligera es una metaloproteasa dependiente de zinc que ejerce la acción tóxica intracelular.
- Las unidades no son intercambiables entre preparados (onabotulinumtoxinA, abobotulinumtoxinA, incobotulinumtoxinA, rimabotulinumtoxinB); todo cambio de marca exige reajuste de dosis.
- El blefarospasmo esencial es la indicación funcional de elección; el espasmo hemifacial responde de forma excelente y el estrabismo fue la indicación oftalmológica original.
- La ptosis protectora inducida es una alternativa reversible a la tarsorrafia en la queratopatía por exposición.
- En estética periorbitaria, las complicaciones más relevantes —ptosis y diplopía— derivan de la difusión de la toxina al elevador y a los músculos extraoculares.
- Los anticuerpos neutralizantes causan resistencia secundaria; se manejan con la dosis mínima eficaz, preparados de menor carga antigénica (incobotulinumtoxinA) o el cambio de serotipo (toxina de tipo B).
- La toxina está contraindicada en las enfermedades de la unión neuromuscular.
CONCLUSIONES
Sección titulada «CONCLUSIONES»La toxina botulínica ha recorrido un camino singular desde su condición de veneno letal hasta convertirse en un pilar terapéutico de la oftalmología funcional y estética. Su mecanismo de acción, basado en la escisión selectiva de las proteínas SNARE y en el bloqueo reversible de la transmisión colinérgica, explica tanto su eficacia como su perfil de seguridad favorable y la necesidad de tratamientos repetidos. El dominio de las diferencias entre serotipos y preparados, la comprensión de la no intercambiabilidad de las unidades, la aplicación juiciosa de sus indicaciones funcionales —blefarospasmo, espasmo hemifacial, estrabismo, ptosis protectora— y estéticas, y el reconocimiento y manejo de la inmunogenicidad y la resistencia secundaria son competencias esenciales para el oftalmólogo. Las nuevas formulaciones de acción prolongada y de menor carga antigénica anticipan una utilización aún más eficiente y segura en los próximos años.
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Sección titulada «Bibliografía»-
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